Nosotros, la iglesia, pertenecemos a lugares oscuros

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¿Alguna vez has sentido el deseo y una gran necesidad de ver a las personas elegir a Jesús? Para nosotros, es nuestro impulso, sin embargo, para ser honesto, la urgencia puede cambiar. Por períodos de tiempo somos demasiado entusiastas y fervientes, y en otras ocasiones podemos caer en la complacencia y la pasividad. Ambos extremos oscilan entre saludable y no saludable.

A lo largo de los años, hemos aprendido que la profundidad de nuestra intimidad con Dios determina nuestro nivel de pasión por los demás. Cuanto más cerca estamos de Dios, más entendemos su corazón hacia las personas; y cuanto más consistentes sean nuestras relaciones con Dios, más saludable y consistente será nuestra pasión por las personas.

Comprender el corazón de Dios hacia las personas es sentirse abrumado. Abrumado con empatía y compasión. Abrumado con amor y dolor. No dolor físico, sino un continuo sentir por las historias de las personas. Las historias de nuestros vecinos, nuestras familias, nuestros amigos y nuestros enemigos. Abrumado hasta el punto de acción.

Como la Iglesia, nuestro amor por Dios impulsa nuestro amor por las personas. Estamos llamados no solo a ir la iglesia semanalmente, sino también a ser la Iglesia diariamente.

Debemos decidir si seremos una generación exagerada y con buenas intenciones, una generación que canta canciones y habla de marcar una diferencia pero que nunca hace nada, o una generación de acción que quiere fomentar cambio.

Debemos comenzar algo nuevo, algo real. Una existencia llena de sueños, llena de esperanza, llena de rectitud y llena de justicia. Un movimiento, una reunión de personas de ideas afines, una generación consumida por su Creador. Un pueblo que utiliza sus recursos para el bien de los demás y la causa de Cristo. Gente que se pondrá de pie y hará algo, sin otra motivación que el amor.

Es fácil ver a los grandes varones y mujeres de la historia y pensar: ≪Si estuviéramos vivos entonces, nosotros también habríamos soportado el cambio. Nosotros también habríamos luchado por la abolición de la esclavitud y hubiéramos defendido los derechos de las minorías≫. Pero la pregunta no es ≪¿qué hubieras hecho entonces?≫, sino ≪¿qué harás ahora?≫ ¿Ayudarás a traer salvación a tu nación? Estamos viviendo en las páginas de la historia del mañana. Somos los escritores y las próximas generaciones son los lectores.

Es hora de darlo todo. De rendir nuestras inseguridades y dejar ir nuestras propias motivaciones. Debemos enfrentar el miedo y mantenernos fieles a nuestro llamado. No debemos a hacerlo por reconocimiento o por status, ni siquiera por la sensación de humildad. Sino porque Dios nos ha llamado a establecer la justicia y rectitud en nuestro mundo. Él nos ha llamado a ser pacificadores. Debemos hacerlo por los miles que viven sin esperanza y sin amor.

Debemos ir a donde Cristo nos llamó y ser como Cristo nos enseñó.

Nosotros, la iglesia, pertenecemos a lugares oscuros que apuntan a la gente hacia la luz.

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